De patrones y paradigmas

En un artículo reciente, hablaba del filósofo de la ciencia Thomas Kuhn y su teoría sobre la evolución y desarrollo de la ciencia.

Kuhn se dio cuenta de que la ciencia no evoluciona de forma lineal o acumulativa, o al menos no todo el tiempo. Lo que él llama “ciencia normal” se asienta en paradigmas aceptados por el grueso de la comunidad científica. Estos paradigmas son presupuestos consensuados que incluyen un núcleo de creencias que conforma una visión de la realidad común. Este sistema se expresa a través de una terminología específica (lenguaje) y una metodología aplicada a la experimentación (comportamientos).

Sin embargo, existen momentos en los que la ciencia evoluciona a tal punto que los paradigmas empiezan a parecer desfasados, hasta el punto de perder su capacidad explicativa. Y estos procesos de crisis científica, se terminan convirtiendo en revoluciones científicas. A partir de estas éstas, se plantean nuevos paradigmas que desafían el paradigma anterior, siendo éstos no sólo incompatibles, sino inconmesurables ya presuponen diferentes versiones de lo que es el mundo y cómo nos relacionamos con él.

Una vez el nuevo paradigma ha demostrado cierta solidez, se abre la veda para el asentamiento de una nueva ciencia y se reescribe la ciencia anterior, reaprovechando aquello que sirva al nuevo paradigma y deshaciéndonos de tesis o hipótesis incompatibles (de ahí la falsa sensación de linealidad y acumulación del progreso).

La obra de Kuhn nos ayuda sin duda a abrir los ojos y descubrir entonces que la ciencia no es, ni de lejos, La Verdad, sino aquella certeza que nos permite vivir “más y mejor” (al menos en teoría). Sin paradigmas la ciencia no habría podido avanzar, ya que para que exista una comunidad científica es necesario que se produzca un amplio acuerdo, una base sólida sobre la que todos puedan comunicarse y avanzar, no sólo en el plano teórico, también en el práctico.

Pues bien, mi tesis es que al igual que en la ciencia, sucede algo similar con los individuos y las organizaciones.

¿Qué es un paradigma?

Un paradigma es un conjunto de patrones que componen el núcleo de una estructura de identidad con la que nos relacionamos con la realidad. Esta estructura, estará compuesta por muchos más patrones anexos y afines que se construyen en torno a ese paradigma. A su vez, los patrones están compuestos, a su vez, de un cúmulo de creencias, emociones y comportamientos que pensamos, sentimos y obramos en nuestro día a día, es decir, a través de los cuales vivimos. Estos patrones se configuran a través de:

-Los genes: un gen es una unidad de información del genoma que contiene todos los elementos para su expresión de manera regulada. Actualmente, la ciencia está desentrañando la influencia de los genes en nuestra vida, que va mucho más allá de unas características físicas e intelectuales, sino que también condiciona nuestra psique y propensión a ciertos estados de ánimo. Más que ser una limitación, un gen es una condición de posibilidad (potencialidad) de que una condición o característica se materialice.

-La experiencia o aprendizaje: que como mínimo es igual de condicionante que el propio genoma. Para que os hagáis una idea: no es lo mismo nacer en España que en Paquistán, nacer mujer que hombre, tener una padres cariñosos y atentos o en un ambiente desestructurado, ir a los mejores colegios y que se potencie nuestro talento natural o no llegar a desarrollarlo nunca, etc. El aprendizaje depende en gran medida de las condiciones de nuestro entorno, que no sólo incluyen a nuestros padres y otros familiares cercanos, sino de nuestros profesores, compañeros, medios de comunicación, etc.

En esta primera fases de aprendizaje y experiencia es cuando nuestra identidad empieza a desarrollarse, construyendo paradigmas que derivan en nuestros modos de relacionarnos con la realidad. Estos paradigmas se forman por una combinación entre convenciones aprendidas, así como lo que aprendemos y construimos a través de la experiencia individual.

 

¿Qué es un patrón?

Pongamos ejemplo de patrón: adquirir la costumbre de decir “por favor” cuando queremos pedir algo alguien.

Ese patrón normalmente una persona lo construirá a través de la imitación de terceros o, por ejemplo, por la insistencia de sus padres durante la infancia.

Una vez lo hemos aprendido e integrado, éste se convierte en un recurso para la vida que no requiere ningún esfuerzo, es decir, es automático. A partir de entonces, cuando nos encontramos en una circunstancia que identifiquemos con unas características determinadas (que alguien nos está haciendo o va a hacer “un favor”) lo utilizaremos (o como mínimo será un recurso a nuestra disposición).

Si nos paramos a analizarlo, este patrón no afecto sólo va a afectar a la capacidad de desarrollar un acto mental (recordar que es apropiado pronunciar esas palabras) o verbal (el acto de pronunciarlas), sino que también afecta a nuestras emociones, aunque sea de forma muy sutil: por ejemplo, una emoción previa de carencia o necesidad y la satisfacción anticipada ante la expectativa de que esa necesidad va a ser cubierta con la ayuda de un tercero. A menudo, no nos paramos a observar esas pequeñas variaciones en nuestras emociones, pero se producen constante y todas tienen una huella fisiológica. Es más, la neurociencia ha demostrado que si nos privasen de nuestras emociones seríamos absolutos incompetentes a la hora de tomar cualquier decisión, por racional que ésta nos parezca.

Regresando al patrón, además de las creencias y emociones, en los patrones también están asociados a comportamientos. Un elemento de comportamiento incluido en ese patrón, podría ser juntar las manos con las puntas de los dedos hacia arriba, en símbolo de ruego y/o cambiar el gesto y tono de voz, por ejemplo, porque hayamos aprendido que cuando hacemos eso nuestros padres nos hacen más caso (despertando emociones de compasión en ellos).

A su vez este patrón, formaría parte de un paradigma más amplio, por ejemplo, de nuestro paradigma de comunicación con el entorno, dentro de un patrón más amplio de lo que creemos que es amabilidad. Este patrón lo podemos modificar sin cambiar de paradigma si por ejemplo nos vamos a vivir a un lugar en el que se use una lengua diferente y la costumbre sea poner un tono de voz distinto y gesto diferente: nuestro paradigma de comunicación habría sufrido una variación (o ampliación) pero seguiría siendo válido.

Por tanto, podemos definir un patrón como una pequeña pieza estructural que nos capacita para expresar en mayor completitud nuestra relación con el entorno: amplía nuestra capacidad de influir en la realidad y lo corrobora. Durante los primeros años estamos dedicados a la formación de patrones que nos permitan relacionarnos con la realidad cada vez de forma más eficiente. Por lo general, esos patrones primeros tienden a amoldarse a los paradigmas de los adultos más influyentes en nuestra infancia. Más adelante, tendremos la oportunidad de cuestionar estos paradigmas, ya sea modificándolos y adaptándolos a nuestra propia identidad o derrumbándolos y alzando un paradigma nuevo, bien por iniciativa propia o por la influencia del entorno. Un ejemplo bastante evidente en este sentido es el cambio de paradigma que ha vivido mucha gente respecto al papel de la mujer: de un modelo de patriarcado a un paradigma de igualdad.

La “vida normal”

Como sabemos, el aprendizaje y la experiencia perduran durante toda nuestra existencia. Lo que sucede, es que a medida que vamos formando patrones, una gran parte de nuestra experiencia consiste en la repetición de los mismos, por cierto, perfeccionándolos y adaptándolos a lo largo del tiempo. Por otro lado, aquellos patrones que construimos pero que dejamos de utilizar se deterioran. Recientes estudios en neurociencia han demostrado que incluso cuando somos ancianos, aún tenemos la capacidad de generar nuevas conexiones sinápticas en nuestro cerebro, que es lo más parecido a decir que podemos seguir aprendiendo toda la vida. Por tanto, tenemos la capacidad de modificar nuestros patrones, adaptándonos a una nueva realidad. Eso sí, cuanto más reforzado esté un patrón, más nos costará intercambiarlo por otro o, más bien, transformarlo en uno nuevo.

Un paradigma abarca un amplio número de patrones. Se trata de una estructura básica, es decir, también un conjunto de patrón, con la peculiaridad de que en torno a éste orbitan muchos otros patrones. Es fundamental que no entandamos estos patrones en un sentido estático, sino dinámico. La “vida normal” (análoga a la ciencia normal” de Kuhn) consiste en vivir dentro de nuestro paradigma vital: muchos patrones pueden permanecer estáticos durante mucho tiempo, pero casi de continuo, iremos realizando pequeñas variaciones, ampliaciones y adaptándonos a la realidad.

Pongamos un ejemplo. Cuando se inventó el teléfono, el modelo de comunicación interpersonal sufrió una revolución. Hasta entonces, el único modo de relación con personas que vivían lejos era la correspondencia, sin embargo, esto permitía conectar a unas personas con otras, a cientos (o miles) de kilómetros de distancia a tiempo real a través de la voz. El modo en que aquellas personas miraban el mundo, se había visto modificado por completo. Poniéndome en su lugar, no me extraña que muchos pensasen que se trataba de “un imposible”, incluso de hechicería. Este cambio, sin duda, implicó un cambio de paradigma.

Sin embargo, los que hemos crecido con la existencia de un teléfono, sólo hemos tenido que adaptar nuestro paradigma a través de la construcción de nuevos patrones, a medida que este modelo de comunicación se ha ido perfeccionando: desde la idea de tener que hablar con una operadora para poder llamar a alguien, pasando por la comunicación inmediata a través de la red fija, los teléfonos móviles y la comunicación a través de servicios como Skype, que nos permiten estar en conexión con casi cualquier persona, en cualquier momento, de forma automática y a bajo costo. Estos cambios, nos hicieron modificar en gran medida nuestras creencias, comportamientos e incluso emociones. Por otro lado, ahora, cada vez que me compro un teléfono nuevo, tengo que hacer leves modificaciones en mis patrones, hasta que averiguo e interiorizo cómo funciona mi nuevo aparato y lo automatizo.

Crisis de paradigma

Al margen de los cambios de paradigma generalizados, como el ejemplo de la telefonía, cada individuo, a lo largo de su vida, experimenta varias crisis de paradigma. Un ejemplo que se aplica a casi todo el mundo es la adolescencia. Esta época es por lo general difícil, más que por una revolución hormonal, porque implica el cambio de un paradigma infantil a otro adulto. Cuando un adolescente llega a esta edad empieza a darse cuenta de que los patrones que utilizaba para relacionarse con la realidad están obsoletos.

En resumen: lo que antes servía ahora ya no funciona y es necesaria esa revolución personal que nos permita dar un salto a una nueva mirada que nos permita relacionarnos con nuestro entorno de una manera más efectiva. Así, el nuevo paradigma se establece de forma precaria y poco a poco se van limando los patrones antiguos (aquellos con los que pensábamos, sentíamos y obrábamos en el mundo): muchos quedan atrás y otros son modificados para adaptarse a nuestro nuevo modelo de realidad. Sin embargo, el paradigma de ser un niño y el de ser un adulto son inconmensurables, es decir, no habría tenido ningún sentido adoptar directamente el paradigma adulto e intentar relacionarse con la realidad como tal, de hecho, podría llegar a ser muy perjudicial para un niño. En realidad, un paradigma aceptado en la “vida normal” suele ser el modelo más óptimo para relacionarnos nuestra realidad. Una crisis de paradigma es ese momento en que empezamos de detectar síntomas de que ese paradigma ya no nos sirve.

Otros ejemplos de cambio de paradigma frecuentes en nuestra sociedad son las crisis de los 30, 40, 50, etc. Sin profundizar en exceso, diré que en esas etapas nos damos cuenta de que el modo en el que hemos construido nuestra realidad y hemos vivido nuestra vida ha quedado obsoleto, no se corresponde con lo que verdaderamente queremos.

En otras ocasiones, el cambio de paradigma es consecuencia de una crisis generada por un evento que marca nuestra vida, por ejemplo: un duelo por la muerte de un familiar,  una enfermedad, una ruptura de pareja, un despido o la mudanza a un país extranjero.

Por otro lado, existen otras crisis que no vienen desencadenadas a raíz de un contexto social más amplio: por ejemplo, a raíz de un cambio de modelo productivo. Últimamente muchas personas que siempre habían optado a estudiar para ser empleados, sufren una crisis de paradigma, con el fin de adoptar una mentalidad de autoempleo o emprendimiento como única alternativa laboral: en un contexto en el que no se hubiese producido una crisis como ésta, es posible que aquellas personas no hubiesen tenido la necesidad de cambiar su paradigma.

Con respecto a las organizaciones, por ejemplo las empresas, pueden necesitar una revolución paradigmática cuando están necesitando reinventar su negocio (ya que el modelo actual, que antes funcionaba, está obsoleto o es limitado) o solucionar un problema que no puede solucionar con las herramientas o competencias que había desarrollado hasta ese momento.

Hablando de necesidad, otro tipo de cambio de paradigma parte la necesidad de modificar un hábito muy arraigado en nuestro comportamiento, usualmente sustentado por un sistema de creencias con patrones estáticos, que hemos mantenido por largo tiempo en nuestra vida. Este hábito, por lo general, lo hemos conservado a lo largo del tiempo porque bajo nuestro paradigma anterior no hemos tenido la necesidad de modificarlo, pese a sus consecuencias negativas. No obstante, por acumulación, actualmente, las consecuencias de mantener ese hábito suponen un precio mayor (emocional, económico, de salud, etc.) que el esfuerzo que nos cuesta modificarlo. Finalmente, se genera lo que sería el análogo a un agujero negro espacial en la estructura de nuestra identidad, en algunos casos llegando a generar enfermedad física o mental, lo cual traspasa las competencias de lo que se puede trabajar con coaching y requiriendo un proceso de terapia. Sobre esto queda mucho que hablar, pero es muy habitual que a raíz de encarar uno de esos puntos negros, nuestro paradigma pasado quede obsoleto.

¿Para qué —de verdad— sirve el coaching?

Con todo esto, me gustaría plantear una vez más la pregunta de para qué sirve el coaching. De verdad. Porque muchas veces escuchamos hablar que el coaching es fantástico para salir de tu zona de confort, renovarte, no quedarte atrás, sentirte motivado y pletórico. Pero para el coaching es algo mucho más práctico. De hecho, insisto: si te va bien en la zona de confort, quédate en ella y disfrútalo, porque ya te moverá vida, seguramente, mucho antes de lo que te esperas.

El coaching es una metodología de apoyo en pequeñas revoluciones personales u organizacionales. Esto quiere, que si nosotros estamos cómodos con nuestro paradigma, somos personas felices y vivimos cómodamente o tenemos un negocio que cumple con los resultados deseados, no necesitamos coaching. A no ser que seamos capaces de imaginar una felicidad o beneficio aún mayor, y queramos más.

Si cuando tenemos un imprevisto somos capaces de solventarlo de forma coherente con nuestro paradigma vital, no necesitamos coaching. Por ejemplo, si tenemos una pareja y ésta se enfada con nosotros porque no recogemos la taza del desayuno, no necesitamos coaching; al menos, no siempre y cuando tengamos un paradigma que incluya el concepto y hábito de orden e higiene. Apenas tendremos que construir dentro de nuestra estructura un patrón que nos permita ser más ordenados en este aspecto (o en su defecto, que nuestra pareja construya un patrón en el esquema de su paradigma de transigencia que le permita no sentirse atacado cuando se encuentre la taza sucia sobre la mesa).

En el otro lado de la balanza están nuestras revoluciones. Pequeñas, grandes, no importa. En esos procesos, en los que sabemos que algo no encaja, pero o bien no terminamos de saber qué es, o bien lo sabemos pero no sabemos cómo podríamos hacerlo, entonces, no me cabe duda de el coaching es el mejor invento con el que te puedes encontrar.

La razón es sencilla. No sabemos vivir nuestras revoluciones (o procesos de cambio paradigmático). Al menos, conozco a muy poca gente que sepa hacerlo. Y, por lo general, tendemos a vivirlas de forma bastante traumática, cargados de incertidumbre y, he podido observar, con pocos apoyos competentes. La principal razón de esta incompetencia es que creo que muy pocos se han parado a observar que el cambio, desarrollo, crecimiento o evolución (sea de una institución, o de una persona) no es lineal-acumulativo, como bien nos hacía saber Kuhn en el caso de la ciencia.

¿Qué es lo que hace el coaching en este proceso?

  1. Normaliza la crisis, o revolución: nos acompaña en ese cambio, permitiéndonos encontrar la confianza que necesitamos para realizar una reestructuración personal (u organizacional) mucho más grande lo que hacemos en el día a día.
  1. Genera espacios de libertad: al producirse en un espacio controlado, el coaching nos da la oportunidad de experimentar nuestro proceso de una forma mucho más libre que si nos tenemos que sostener a nosotros mismos. Esto abre la puerta al juego y a la creatividad, sin restricciones, permitiéndonos disfrutar del proceso de construcción. El coach nos ofrece un laboratorio de herramientas y nos invita a ser científicos revolucionarios con nuestra propia vida. De este modo, a través de la metodología generamos espacios abiertos, en los que poder contemplar la realidad más allá de nuestro paradigma, con una visión mucho más amplia: imagina el zoom de una cámara que se aleja, ampliando el espectro de visión y focalizando después puntos que no habías mirado hasta ese momento. Así, el coach cuestiona el paradigma antiguo ayudándonos a contrastarlo con la realidad sin necesidad de tener que retarlo por nosotros mismos. Bajo la seguridad de no ser nosotros los que estamos ampliando esa visión, y haciendo ese esfuerzo de focalizar la imagen, tenemos la oportunidad de encontrar nuevas opciones, nuevas hipótesis, maximizando nuestro rendimiento y flexibilidad.
  1. Trabaja desde el núcleo: la metodología del coaching intenta conectarnos siempre con el núcleo más fundamental de la estructura de nuestro paradigma, es decir, el ser y los valores, que podríamos llamar tu identidad más básica: “esa parte irrenunciable de ti, la que más te gusta de cómo eres y la que define como ser humano”. Nuestros paradigma son constructos sobre ese ser y esos valores con los que nos sentimos identificados, que son la esencia de nuestra identidad expresada en los diferentes paradigmas con los que vivimos. Trabajamos de tal modo que el nuevo paradigma de forma coherente a esa esencia de lo que tú eres que a fin de cuentas, no es otra cosa que el combustible para la acción (o materialización de la trasformación).
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